* Economía del amor

Cupido también se equivoca…

cupido

El coste de elegir mal

De acuerdo a los datos recogidos por el Servicio de Estadística del Consejo General del Poder Judicial, el número de demandas de disolución matrimonial iniciadas en el primer trimestre del 2014 en España aumentaron en un 11,3% respecto al mismo período del año anterior. Los mismos datos indican que los divorcios consensuados se incrementaron un 13,8 % y los contenciosos subieron un 7,9 %. Subieron también las separaciones: un 13,3 % las de mutuo acuerdo y un 4,9 % las contenciosas. Estas cifras ponen de relieve la hipótesis acerca de la existencia de causalidad entre la capacidad adquisitiva y el inicio de la  tramitación legal de los divorcios. Entre 2007 y 2011 -en plena crisis económica- los  divorcios se mantuvieron relativamente estables, tendencia que se revierte a partir del  año 2011.

Más allá de validar la hipótesis anterior, lo cual requeriría algún tipo de análisis econométrico, en este tercer post me referiré a algo indudable como lo es el coste del divorcio, y por supuesto dada la naturaleza de esta sección, específicamente al coste económico (asumo obviamente que existen costes tanto o más importantes como el coste emocional y el psicológico).

Un punto de partida de la discusión acerca de la dimensión económica de los divorcios es que  los expertos señalan que los hombres son los que se llevan la peor parte en la gran mayoría de los casos, donde la mujer se queda en el domicilio conyugal y es él quien debe marcharse, encargarse de los gastos de su antiguo hogar y de la manutención de los hijos. El segundo punto a considerar, y en el que están de acuerdo los expertos, es que es difícil determinar el coste exacto de un divorcio porque cada pareja es distinta y depende de los ingresos de los progenitores, el nivel socio-económico de la familia, el número de hijos, el tipo de divorcio, etc. Por esta razón se recurre a casos representativos como ejemplo ilustrativo, que es lo que haré para presentar una cifra aproximada.

Entre los costes que deben asumir cada una de las partes está el 50% del proceso legal de divorcio (honorarios de abogado y procurador) que se ubicarían en una rango que va desde los 200 a 300 euros (divorcio exprés) hasta los 450 a 600 euros (abogado tradicional).  Si el divorcio fuera contencioso la cifra total a pagar entre las partes puede ascender a los 1.200-1.300 euros. A esto se le debe agregar el coste de la hipoteca, suponiendo la compra de una casa  que le quedan por pagar 15 años a una razón de 600 euros al mes, de 300 euros para cada una de las partes.  Cuando existen niños el padre debe disponer normalmente del 12,5% de su sueldo por hijo para la pensión de alimentos que cubra sus necesidades básicas  (comida, vivienda, ropa, colegio, farmacia, libros, material escolar, matrículas, etc.). Así, un padre con un sueldo de 2.000 euros al mes con dos hijos debería entregar cerca de 500 euros como pensión por sus dos hijos. A esto se debe agregar el 50% de los gastos extraordinarios de sus hijos cuando éstos se produzcan (por ejemplo ir al dentista, clases extra escolares, etc.).

Asumiendo el caso típico donde el hombre se va del hogar conyugal y debe alquilar un nuevo piso acondicionado para recibir a sus hijos (no vuelve a un piso de soltero), con los consumos habituales que eso conlleva, gastaría cerca de 700 euros al mes. Entonces un padre de dos niños con un sueldo de 2.000 euros al mes que paga la mitad de la hipoteca de su antiguo hogar (300 euros), la pensión  de sus hijos ya calculada (500 euros) y los gastos de su nuevo hogar (700 euros), debe desembolsar 1.500 euros en total al mes, quedando a su disposición sólo 500 euros con los cuales debe sortear sus propios gastos (manutención, vestirse, transporte, etc.).

Aunque estos cálculos toman como referencia los gastos que recaen en el marido, lo que se observa en la mayoría de los casos es que la pérdida de poder adquisitivo la sufren ambas partes. Además, cada día es más frecuente en los acuerdos de divorcio los sistemas de custodia compartida donde los gastos en el cuidado de los niños son más equitativos al depender del tiempo que pasen los niños en la casa de cada uno de los padres.

Sin duda que los divorcios son costosos, desequilibran los presupuestos personales y empobrecen, en términos relativos,  a las familias (se pierden las economías de escala de vivir juntos). Por lo tanto no es baladí desde un punto de vista eminentemente económico evitarlos. Pero ¿hasta qué punto son evitables? La incertidumbre acerca del éxito de una pareja y familia es consustancial a ellas y a las relaciones entre las personas. Los conflictos que llevan a tomar la decisión de divorciarse están siempre latentes, y son de diversa índole: falta de comunicación, dejadez, rutinas, celos, infidelidades, etc. Sin embargo, como ya lo hemos discutido en los post anteriores (Cupido también usa calculadora y Cupido también juega al ajedrez) la anticipación, la ganancia de ciertos grados de certidumbre ante la mayor información acerca de la persona que tenemos a nuestro lado, más la posibilidad de tomar una decisión de alta complejidad como la elección de pareja de una manera estratégica, da coherencia a la figura del matchmaker, porque además de los costes de búsqueda de pareja están los costes de una mala elección, y aunque Cupido se equivoque una y mil veces, podemos  ayudarle siempre a encontrar el “first best” candidato.

Autor invitado: Cristian Gutiérrez Rojas, economista.

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Cupido también juega al ajedrez…

Ajedrez vs. Amor para Alcanda Matchmaking Blog

Amor y Estrategia

En el post anterior de esta categoría (Cupido también usa calculadora), comenté acerca del amor desde el punto de vista económico, expliqué cómo podríamos configurar un “mercado del amor” y cómo este mercado poseía características ligadas a la información asimétrica que lo transformaban en un “mercado imperfecto”, siendo el concepto clave “el coste de búsqueda de pareja”.  Todo lo anterior nos llevó a concluir en la importancia que muchas veces tiene la presencia de terceros – el “matchmaker” – para lograr acuerdos óptimos en este “mercado imperfecto del amor”.

Una de las presunciones en las cuales se basan las ideas anteriormente expuestas, es que las personas son racionales, es decir, maximizadoras de su propio bienestar. Por tanto, maximizamos nuestro bienestar sujetos a restricciones (tiempo, dinero, etc.). Esta presunción es básica en la teoría microeconómica neoclásica, y si bien puede criticarse su simplicidad, es un supuesto que permite modelar muchas de las conductas económicas humanas. Sin embargo, el amor es un sentimiento complejo, del cual se ha hablado y escrito mucho a lo largo de la historia de la humanidad, y aunque quisiéramos circunscribir el tema sólo a su dimensión económica, no es posible ni válido caer en  simplicidades. Es por esto que en este segundo post daré un paso más para enriquecer la discusión. Ahora agregaremos que las personas además de racionales, se comportan estratégicamente, es decir, no sólo actúan pensando en su propio bienestar sino que además consideran en sus decisiones las acciones de otros.

La moderna Teoría de Juegos es la herramienta analítica que, basada  en el supuesto anterior, ha modelado una infinidad de conductas económicas humanas haciendo  importantes contribuciones  para la resolución de problemas reales en negociación, resolución de conflictos, marketing, estrategia militar, defensa nacional, etc. Y por ende, también tiene algo que decir respecto al amor y a la búsqueda de pareja.

No es anodino que, por ejemplo, en la película “Una Mente Maravillosa” (Ron Howard, 2001), donde se retrata la vida del premio Nobel de Economía 1994 John Nash,  se usara el concepto de “equilibrio de Nash” como ejemplo de estrategia para “ligar” en contraposición al simple “equilibrio competitivo”. Como se muestra en la película, la obtención del “first best” (la chica rubia) no pasa porque cada uno haga lo que sea racional para cada uno, ya que todos irían a por la chica rubia, se molestarían entre ellos, y al final no se conformaría ninguna pareja, ya que los chicos, tras ser rechazados por la rubia, tampoco serían aceptados por las chicas morenas al sentirse éstas tratadas como el “second best”.

“Adam Smith se equivocaba” (John Nash)

 

Por el contrario, el equilibrio socialmente óptimo, donde estarían todos mejor (todos en pareja), implica que sólo uno se debe quedar con la rubia, lo que  a su vez  requiere tener en cuenta la acción de los otros y llegar a algún tipo de acuerdo entre los “candidatos”.

Situaciones como las descritas en la película son una constante en los temas del amor, ¿Cuántas veces amigos del alma han coincidido en los gustos y sentimientos hacia una misma persona? ¿Cuántas veces a lo mejor hemos sacrificado nuestro propio interés para dejar a un amigo la posibilidad de  quedarse con la chica que nos gustaba también a nosotros? ¿O cuántas circunstancias hemos vivido en donde las decisiones de pareja implican involucrar indirectamente a otros? Y, ¿por qué no? cuando simplemente queremos emprender la búsqueda activa de pareja estable.

Y es que el amor es complejo, difícil y un bien escaso. Cupido no sólo usa la calculadora, también juega al ajedrez. No vivimos aislados en la sociedad y los sentimientos se mezclan y entrecruzan. Muchas veces el pensar los pasos a dar en materia amorosa nos obliga a retraernos e, introspectivamente, buscar la mejor respuesta a esa situación compleja. Es cuando esperamos el consejo de aquel amigo o amiga en quien confiamos, pero también es cierto que muchas veces esos consejos, aún hechos con la mejor intención, no alcanzan a visualizar la situación en su total complejidad.

Es ahí cuando nuevamente la figura del matchmaker cobra relevancia, porque no solamente queremos una ayuda que nos permita ahorrar en “costes de búsqueda”, sino también porque es bueno planificar, evaluar y ponderar las acciones en esta materia, asegurando así que son coherentes y no dañan a terceros involuntariamente. La asesoría estratégica en materia de búsqueda de pareja también es un rol que cumple el matchmaker, un rol no menor cuando en el juego del amor, las emociones, sentimientos y  expectativas  se entrecruzan una y otra vez.

Autor invitado: Cristian Gutiérrez Rojas, economista.

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Cupido también usa calculadora…

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Análisis económico sobre cómo reducir el coste de búsqueda de pareja en el mercado del amor, un mercado imperfecto.

La economía es una ciencia social que cada día se adentra más en campos y dimensiones de la actividad humana. En este sentido, el tema del amor y la búsqueda de pareja no escapan a los tentáculos de la racionalidad económica y de las leyes de la oferta y la demanda.

Muchos economistas han escrito acerca de los beneficios económicos del matrimonio y la pareja estable desde un punto de vista eminentemente económico como el Premio Nobel de Economía Gary Becker. En este artículo sin embargo, hago referencia a la racionalidad económica del amor, y a cómo la búsqueda de pareja puede entenderse, desde un punto de vista económico, como la toma de decisiones que puede resultar muy costosa en un mercado de alta incertidumbre.

Tanto hombres como mujeres buscan su “primer mejor” (first best) candidato poniéndose ellos mismos un alto precio de oferta, ya sea expresado en términos monetarios (citas, regalos, nivel de vida) como no monetarios (el sólo hecho de estar en el momento y lugar adecuado);  y por el lado de la demanda la cosa tampoco está muy clara: si bien hay factores observables como el atractivo físico o el éxito profesional, existen muchos factores no observables que son fundamentales en el éxito de una buena relación de pareja: intereses comunes, desempeño sexual, hábitos, objetivos de vida, etc. En otras palabras, la incertidumbre se refleja en la limitadísima información de la que disponemos acerca de ese posible candidato o candidata ideal. Más allá de su atractivo físico, en una primera cita ¿qué sabemos realmente de él o de ella? Es decir, la complejidad de este mercado es evidente: altas asimetrías de información, tanto por el lado de la oferta como por el de la demanda,  lo cual hace que la “posibilidad de éxito” se acote de manera considerable.

Dadas las características anteriores, podemos describir a la búsqueda del amor como una situación de mercado imperfecto: la simple disposición a dar y recibir amor no son suficientes para lograr un encuentro óptimo y, menos aún, un equilibrio estable de larga duración (matrimonio, o convivencia en pareja, feliz). La disyuntiva es evidente y por tanto, tenemos dos opciones: (1) o bajamos nuestro precio de oferta  y nos conformamos con menos, nuestro “segundo mejor” (second best); (2) o asumimos el alto coste de equivocarnos en la búsqueda de la pareja ideal (partiendo por el coste alternativo o de oportunidad, es decir, el tiempo perdido).

Pero existe una tercera opción: (3) que facilitemos que aquellos factores no monetarios (y no observables) en la fijación de nuestro precio de oferta se reduzcan considerablemente, sin reducir en demasía nuestro primer precio, y a la vez, que logremos obtener información adicional acerca de los factores no observables de la demanda, lo que resultaría en una mejor búsqueda  a un menor coste.

Desde este punto de vista, la entrada en escena de un “tercero” que ejerza de  “facilitador” del mercado, dando información, sincerando costes y afinando precios, surge como un mecanismo no tradicional que permitiría alcanzar equilibrios óptimos y vaciar mercados, es decir, más y mejores parejas. Y es que Cupido también usa la calculadora.

Una primera cita romántica obtenida a partir de un cruce en un típico sitio web de citas, que incluya cena, copas, costes por desplazamientos, etc. cuesta en promedio 150 euros,  independiente de quien pague. Considerando que se busca activamente pareja en estos medios, digamos una cita a la semana, nos llevaría a un coste promedio mensual de 600 euros, 3.600 euros en 6 meses de búsqueda activa, considerando solamente los costes monetarios. Pero como mencionamos previamente, en este mercado el coste más importante no es el monetario, sino el coste de oportunidad, el coste de perder la posibilidad de no encontrar a la persona deseada, que en ciertos momentos de nuestra vida puede convertirse en un bien “insustituible”, o con muy pocos sustitutos.

Esa tercera opción o “facilitador”, cuyo rol es corregir el mercado imperfecto del amor, es el matchmaker, como se conoce en  países de Norteamérica y norte del Europa,  figura profesional en la que se  deposita la confianza para la búsqueda del “primer mejor”.

Alcanda Matchmaking surge en España como esa tercera opción,  con una metodología propia similar a la de los Head-hunters (selección de ejecutivos) con el fin de lograr el máximo de emparejamientos “felices” posibles al menor coste.

Autor invitado: Cristian Gutiérrez Rojas, economista.

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La oferta del amor: teorías

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Hirschman y el extraño comportamiento de la oferta de amor

Para el pensador universalista Hirschman (1985), el amor comprende: moralidad, cumplimiento de normas, confianza y espíritu cívico. Insistió, en contra de la ortodoxia, que un orden social puede ser más seguro si está fundado en la benevolencia y en el amor. Argumentó que la oferta de amor no es fija y limitada, y, especialmente, que el amor no es un recurso sino una habilidad (similar a la del conocimiento o capital humano).

La virtud pública, y virtudes más elevadas como el amor y el altruismo, al menos en los especímenes humanos, están sujetas a la escasez. Hirschman mostró que tal tipo de comportamiento no se agota con el uso (como suele ocurrir con recursos físicos agotables) y tampoco se podría incrementar con su persistente utilización (como ocurre con las habilidades y el conocimiento mismo).

El amor y virtudes similares tienen un comportamiento complejo y compuesto: se suelen atrofiar cuando no son adecuadamente practicados y, por eso mismo, son propensos a desaparecer por la búsqueda de intereses de un mercado que se expande a todos los confines de la vida. No obstante, se pueden agotar cuando son practicados e invocados con exceso. En suma, según él, extremos viciosos como el capitalismo salvaje o la revolución cultural maoísta pueden marchitar el amor.

Elster o la oferta involuntaria de amor

Para Elster (1999), la pasión es, en parte, una motivación visceral, está fuera del control del individuo y/o del grupo e impulsa directamente a la acción. Las pasiones incluyen emociones (unas más crudas como el miedo y la rabia, otras con referentes cognitivos negativos como el resentimiento, el odio y la venganza, y positivos como el amor). Dentro de lo pasional también caben el hambre, la sed, el deseo sexual, los estados de dolor, los estados de intoxicación por consumo de drogas, el ansia misma por las drogas y la locura.

Elster ha sugerido que los seres humanos estamos motivados por razón, pasión e interés, e insiste en ubicar al amor dentro de las emociones. Las emociones, a diferencia de los factores puramente viscerales (dolor, placeres corporales, sed y hambre) tienen antecedentes cognitivos. Puede, por consiguiente, existir amor irracional cuando se persiste en amar a alguien o algo en abierta contradicción con nuestras creencias (conocimientos que indicarían que no vale la pena amar más).

Resalta que a veces el amor se origina en meras percepciones y no en creencias distantes de los errores. Añade que el amor en forma de ágape no obedece a algún antecedente cognitivo.

Tal autor insiste en ubicar al amor dentro de lo pasional, pues, como ocurre con otras emociones, el amor distorsiona los conocimientos y perturba cualquier cálculo frío y racional de costes y beneficios. Advierte que la química del amor es similar a la que causan las anfetaminas. Por ejemplo, el enamorarse genera alguna agudización de la conciencia, importantes incrementos de la energía, disminución del sueño y del hambre, y sensaciones de euforia. Y la química del amor suele durar semanas, meses y aun años.

El amor marital dista de una metalizada escogencia racional (escoger una pareja con ingreso igual o mayor al que uno devenga), implica preocupación por el destino de los seres queridos (cónyuge e hijos), pero no suele desembocar en una demencial e irreflexiva entrega total a quien se ama. Pero Elster no duda en agregar que las satisfacciones emotivas que a corto y largo plazo proporciona el amor son tan fundamentales que otras consideraciones materiales y racionales devienen asuntos secundarios.

La oferta condicional o interesada de amor

Adam Smith (1976) mostró que la simpatía es una capacidad inherente a los seres humanos, les permite instantáneamente identificarse con otros, aún corriendo el riego de descuidar el interés propio. Gracias a la imaginación nos podemos comparar con otros seres humanos y, por tanto, podemos ponernos en su lugar y sentir algo parecido a lo que pueden estar sintiendo (la llamada empatía). Este es el primer paso en la formación de juicios morales y en la socialización de los individuos. Pero el interés de la sociedad es muy vago y abstracto, por lo que los individuos simpatizan con otros individuos o con grupos pequeños próximos, pero no con toda la sociedad y esto se aplica también al amor.

Varios investigadores, economistas y sociólogos indagaron acerca de la cooperación motivada por sentimientos morales. Basado en evidencia experimental, y algún trabajo de campo, se muestra claramente que los individuos tienen preferencias sociales diversas. Afirman que los individuos sienten simpatía o antipatía por sus semejantes y, por tanto, sus escogencias económicas y no económicas presentan diversidad de matices, que se podrían ubicar entre los extremos de la malevolencia y la benevolencia. Mientras individuos con preferencias malévolas gozan con el malestar de sus semejantes, los sujetos con preferencias benévolas experimentan bienestar si su prójimo está bien. Entre los extremos podría concebirse un centro análogo a la neutralidad o indiferencia social: allí se ubicarían los individuos pendientes de su propio y estrecho autointerés. 

La oferta incondicional de amor, compromiso y altruismo

El profesor Sen (1977) hizo énfasis en que la simpatía consiste en una preocupación por otros, lo cual afecta directamente nuestro propio bienestar: por ejemplo, afirma que el saber que otros están siendo torturados enferma a quien experimenta simpatía. Y no duda en precisar que la simpatía puede ser una conducta egoísta, pues nuestro bienestar depende del bienestar de otros, y puede ser entendida como una externalidad.

Sen prefirió optar por el compromiso: la acción de ayudar o de confraternizarse, no la mera sensiblería. Aclara que existe compromiso cuando la persona actúa para poner freno a una injusticia. Tal conducta es no egoísta (implica un sacrificio, una actuación en contra del propio bienestar) y, en particular, es una metapreferencia ética. Sin embargo –insiste Sen– los compromisos no son universales, más bien están fragmentados en grupos como: familia, comunidad, gremio, empresa, partido, clase, país, etc.

Justamente, al estudiar la cooperación o solidaridad en causas colectivas o públicas, autores como Elster han mostrado la importancia de los individuos altruistas. Para este filósofo el mandamiento cristiano de amar al prójimo como a uno mismo es básicamente equivalente al imperativo (deber incondicional) de Kant: no tratar a las otras personas como medios para nuestros fines, tratarlos como quisiéramos que nos trataran a nosotros mismos.

Ejemplos, además, como el dado por Cristo son las entregas incondicionales de madres, redentores y héroes que lo dan todo, hasta la vida, para comenzar un proceso de acción colectiva. Y recoge el planteamiento del economista Schelling (1978), quien mostró que los procesos de cooperación (acción colectiva) comienzan gracias a unos cooperadores incondicionales: especies de santos o locos cuyas Economía política del amor Freddy Cante 55 estrategias dominantes son las de cooperar o ayudar al prójimo (aunque no sean correspondidos).

Otros estudiosos de la acción estratégica, como Dixit y Nalebuff (1991), han corroborado tal afirmación. Insisten en que sin deberes incondicionales o mandatos morales serían imposibles y más inestables muchos procesos de acción colectiva que, por lo mismo, no podrían comenzar o mantenerse por la racionalidad o por meras preferencias recíprocas. Y, justamente, contrastaron dos famosos pasajes de la Biblia: la fragilidad del Tit-For-Tat de Axelrod, e incluso de las preferencias sociales (parcialmente interesadas), equivale a lo plasmado en el Éxodo (21:22); allí se nos dice “[. . . ] ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, quemadura por quemadura, herida por herida, moretón por moretón”. Pero la fuerza de la cooperación unilateral e incondicional basada en deberes no negociables o imperativos se muestra en El nuevo testamento, en el pasaje de Mateo (5:38): “Habéis oído que se ha dicho, ’ojo por ojo y diente por diente’. Pero yo os digo, no os opongáis a una mala persona. Si alguien os golpea en la mejilla derecha, ofrecedle también la otra”.

Autor: Freddy Canté, Doctor en Ciencias Económicas. Profesor asociado de la Facultad de Ciencia Política y de Gobierno de la Universidad del Rosario.

Referencias (por orden alfabético):

– Dixit, A. y Nalebuff, B. (1991). Thinking Strategically, the Competitive Edge in Bussiness, Politics and everyday Life. Cambridge, Mass: M.I.T. Press

– Elster, J. (1999) The Alchemies of the Mind. Cambridge, Mass: Cambridge University Press.

– Hirschman, A. O. (1985). Against Parsimony: Three easy Ways of complicating some categories of economic discourse.

– Schelling, T. (1978). Micromotives and Macrobehavior. New York: W.W. Norton and Company.

– Sen, A. (1977). Rational Fools: A Critique of the Behavioural Foundations of Economic Theory. Philosophy and Public Affairs.

– Smith, A. (1976) 1759 The Theory of Moral Sentiments. Oxford University Press.

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El juego de la Fidelidad

La teoria sobre la infidelidad para Alcanda Matchmacking Blog

 

 

 

 

 

Cada día me sorprende más ser testigo de las muchas infidelidades que nos rodean, lo que imagino es una muestra de lo que está sucediendo en la sociedad actual española.

Según los expertos, existen diferentes tipos de infidelidad y los sexólogos clasifican sus causas en estas cinco categorías:

1. Falta de autoestima

2. Insatisfacción sexual

3. Desgaste en la relación

4. Ánimo de “atentar” deliberadamente contra la pareja

5. Hedonismo

Otra de las cuestiones más tratadas en los divanes de los psicólogos, e incluso hospitales, es determinar si una persona infiel puede dejar de serlo. Y aquí, según el psicólogo clínico y sexólogo Esteban Cañamares, dice que, generalmente, una persona educada en el derecho a disfrutar, hedonista y egocéntrica, será infiel durante toda su vida y con todas sus parejas porque no va a cambiar, algo que yo comparto totalmente.

Por otro lado, siempre se ha dicho que eran los hombres los que tendían a ser más infieles que las mujeres porque ellos lo hacían por pura satisfacción sexual, lo cual no les afectaba a la relación que tenían con su esposa/pareja, mientras que ellas lo hacían “por amor”.

Y hablo en tiempo pasado porque esto está cambiando radicalmente pues en varias Webs de contactos para “infieles” el porcentaje de mujeres supera al de hombres, e incluso en mi entorno conozco muchos casos en los que son ellas las infieles, aunque ¡claro! tampoco conozco lo que hacen sus parejas.

Y yo me pregunto, ¿a qué se debe este cambio? Imagino que el principal motivo es la liberalización de la mujer; a que ellas, en muchos casos, son las que ahora llevan los pantalones, dentro y fuera de casa, pero sobretodo porque han aprendido a desinhibirse y a disfrutar del “sexo por sexo” lejos de lo que por entonces enseñaban a las niñas en los colegios de orden religioso.

Ni que decir tiene que cada cual es libre de hacer lo que considere mejor para ser feliz, pero yo sigo siendo de la firme opinión de que cuando uno está en una relación de pareja estable, la monogamia es una premisa que, cuando no existe, la pareja, tarde o temprano, se va al traste.

Obvio que el ser humano no es monógamo por naturaleza, sólo algunos animales (curiosamente los más inteligentes) lo son, pero cuando uno toma la decisión de compartir su vida con alguien, tácitamente se adquieren compromisos y el más importante es el de la monogamia porque en realidad aquí no se trata de sexo, aquí hablamos de respeto, compromiso, entrega, etc. Y sí, mantenernos fieles no es fácil y requiere mucho esfuerzo pero, como todo en esta vida, las cosas más difíciles de conseguir son las que mayor satisfacción y orgullo nos proporcionan.

Sin embargo, lo cierto es que hoy en día, con tanta “oferta” a la vista y tan accesible, tanto en la vida real como en la virtual con Apps (Aplicaciones móviles) y páginas de contacto disponibles, es muy fácil practicar sexo casual con quasi-desconocidos. Es más, incluso hasta se está poniendo de moda la práctica del “poliamor” respecto al cual algunos (y algunas) abogan que les hace más felices dentro de la pareja…

Sin ir más lejos, hace unos días leí en El Confidencial que “tener sexo con otras personas mantiene muy vivos los matrimonios y que el “poliamor” le daba felicidad y energía” (Gracie X). Y esto lo dice una americana que para poder experimentar dicho “poliamor” se trasladó a París pues en su país de origen, aunque sea la primera potencial mundial, no es el más liberal en cuestiones de vida sexual y amorosa.

Hay muchas opciones y maneras de vivir las relaciones de pareja pero si lo vemos desde un puto de vista pragmático y estratégico, según Hanna Fry en su libro “Las matemáticas del amor”, si en una relación de pareja el objetivo es alcanzar la mayor “recompensa” a través de esa relación, dicha recompensa viene dada por sus respectivas “estrategias” las cuales pueden representarse en una tabla que en matemáticas se conoce como “matriz de recompensa”:

matriz de recompensa

Según esta tabla, el mejor resultado para María y Javier como pareja se obtiene cuando ambos son fieles en su relación. En este escenario (conocido como “Óptimo de Pareto”), las dos partes recibirán algo positivo de su relación. A modo de ilustración, imaginemos que ambos consiguen 10 puntos de recompensa (a tener en cuenta que el objetivo de cada uno es conseguir la mayor puntuación posible a través de su relación).

Sin embargo, en esta demostración, como sucede en la vida misma, uno siempre tiene la tentación de “engañar” a los demás para así poder obtener más placer individualmente es decir, más puntos, lo que en nuestro ejemplo sería, engañar a su pareja para obtener el doble de satisfacción (puntos) que siendo fiel.

Es decir, si Javier es infiel, su puntuación será de 20 puntos y podrá mantenerla durante un tiempo pero, tarde o temprano, María se enterará y la de ella bajará a -10. Esta misma opción de serle infiel a su pareja, Javier, la tiene María invirtiéndose así los resultados, siempre y cuando Javier sí sea fiel a María.

Sin embargo, si ambos decidieran ser infieles, sus puntuaciones bajaría a -5 y, a la larga, su relación se vendría abajo porque el resultado no es satisfactorio para ninguno de los dos.

Obviamente estas cifras son arbitrarias pero, según las matemáticas, el orden en el que se produce la recompensa es importante y demuestra que ser el único miembro de la pareja infiel da lugar a una puntuación más alta, temporalmente, que tener una relación de fidelidad, pero uno sale mal parado si su pareja lo engaña, y ambos salen perdiendo si se engañan mutuamente.

Partiendo de este planteamiento, el juego de la fidelidad se asemeja mucho a uno de los problemas más famosos y estudiados de la teoría de juegos: el juego del prisionero.

Con o sin pruebas matemáticas, personalmente considero que, en una relación de amor verdadero sin intereses de por medio, la fidelidad es una cuestión de educación, compromiso y respeto en la cual las partes se mantienen fieles por amor a la pareja antes que a si mismos porque, tal y como ha demostrado la matriz de recompensa, ¿realmente vale la pena echar a perder una relación de amor y respeto duradera por una satisfacción temporal?

La decisión es vuestra…

Buenas noches de las 2ª ELECCIONES GENERALES en España.

Verónica

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La ecuación de Drake para encontrar pareja

Soledad para Alcanda Matchmaking Blog

 

 

 

 

 

 

Hace tiempo leí un artículo en el periódico sobre la Ecuación de Drake aplicada a la búsqueda de pareja y es que, a pesar de los medios de los que disponemos para “conocer gente nueva”, la soledad es algo cada vez más presente en nuestra sociedad y no sabemos qué inventar para encontrar a nuestra “pareja ideal”.

Esta ecuación es una fórmula matemática propuesta por el radioastrónomo y presidente del Instituto SETI, Frank Drake, para estimar la cantidad de civilizaciones en nuestra galaxia que podrían emitir señales de radio. Esa era su función principal, hasta que el economista Peter Backus, algo traumatizado por su propia experiencia personal (no era capaz de “sentar la cabeza” y entablar una relación estable), le dio un nuevo uso mucho más prosaico; elaboró una ecuación semejante que revela las posibilidades de dar con la pareja ideal.

La Ecuación de Drake, concebida en 1961, fue aceptada por la comunidad científica como la primera aproximación teórica a la búsqueda de civilizaciones extraterrestres. Su resultado depende de varios factores, como la formación de estrellas adecuadas en la galaxia, el número de éstas que tienen planetas en su órbita y la fracción de esos planetas donde la vida inteligente puede haber desarrollado una tecnología e intenta comunicarse con otras civilizaciones. Otros científicos y aficionados han intentado elaborar formulas parecidas pero aplicables a problemas muy diferentes.

La más llamativa es la del economista Peter Backus, según explican en el portal de ciencia y tecnología NeoTeo. Su fórmula aplica las matemáticas para estimar cuáles son sus posibilidades de conseguir novia. El resultado forma parte de su estudio «Why I don’t have a girlfriend: An application of the Drake Equation to love in the UK» (¿Por qué no tengo una novia?: Aplicación de la ecuación de Drake al amor en el Reino Unido). Para lo que, en lugar de estrellas y planetas, tienen en cuenta otros parámetros como son la edad de las candidatas o que sean o no atractivas. Él las limitó a atractiva, joven y universitaria. Es decir, aplicando la Ecuación de Backus se tiene en cuenta los siguientes parámetros: la mujer debe ser atractiva, tener entre 24 y 34 años y poseer un título universitario. Además, él calcula que habría una posibilidad entre veinte (1/20) de que ella también lo encuentre atractivo a él; condición sine qua non para que se pudiese formar la pareja – y una de dos (1/2) de que ella sea soltera.

Como resultado obtuvo que, de los 30 millones de mujeres que viven hoy en el Reino Unido, sólo había 26 posibles candidatas según esta fórmula a lo que se lamentó diciendo:

“Una noche cualquiera, en Londres, tengo solo un 0,0000034% de posibilidades de encontrarme con una de estas personas especiales.”

Por lo visto, el economista ya ha resuelto sus problemas amorosos, a pesar de la baja probabilidad de la fórmula y seguramente no fue utilizando la ecuación de Drake pero lo que sí es cierto es que en la sociedad actual en donde el “fast-food emocional” parece ser la tónica habitual, según la experiencia de Alcanda Matchmaking, si realmente quieres encontrar pareja estable tienes que considerar muchas más variables de personalidad que físicas así como objetivos y estilos de vida, lo que hará que las probabilidades de entablar una relación duradera sean mayores. Y esto es justamente lo que hacen los Matchmakers, toman en cuenta aspectos que en la mayoría de los casos ni siquiera los clientes eran conscientes y buscan a las personas que realmente se ajustan a sus necesidades físicas pero sobre todo emocionales.

Feliz agosto,

Verónica

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Todos los hombres son iguales

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Ésta es la conclusión a la que llega David de Ugarte en su libro “Microeconomía del Amor” cuando las mujeres intentan “seleccionar” un hombre en función de su objetivo (pareja estable o “divertimento”). El texto es un interesante análisis sobre los dilemas del amor con respecto a la economía, y cómo ésta puede ser aplicable también en el ámbito del amor.

Las mujeres de la actualidad solo tienen dos opciones, “chicos serios” y “Don Juanes” pero, sabiendo que hay dos veces más Don Juanes que chicos serios, ponderan lo que están dispuestas a implicarse en cada caso por la probabilidad de que sea una cosa u otra.

Según él, cuando nos acercamos a los demás, cuando nos presentamos a alguien que nos gusta, seleccionamos rápidamente aquella información que queremos dar de nosotros mismos. Evitamos “meter la pata”, entrar en conversaciones incómodas o tocar temas que probablemente lleven a una discusión agria. A veces, por no decir siempre, ocultamos nuestros propios objetivos de cortejo hasta el punto de no dejar al otro/a ver más que la explicación de un “surgió”.

Ahora imaginemos un grupo de chicas cuyo objetivo sea encontrar una pareja estable con cierto compromiso emocional “chicos serios” aunque por supuesto no menosprecien relaciones fugaces sin mayores complicaciones (compromiso).. relaciones en las que, por supuesto, “darían” menos, emocionalmente hablando.

Por otro lado tenemos a los chicos, ellos se dividen en dos grupos: uno mayoritario (2/3 del total) que no está interesado en relaciones “serias”, y uno minoritario (1/3) que por el contrario busca algo más estable. Está claro que cualquiera (chico o chica) que busca una relación más profunda “pide” más.

Por otro lado, a todos nos gusta recibir más y además es más probable terminar con éxito un cortejo si mostramos un interés amoroso que uno meramente sexual… Por otro lado, el “lado comprador” no tiene por qué saber que mentimos hasta que ya es demasiado tarde… Claro que el “lado comprador” (las chicas en este caso) también sabe que es posible, por no decir muy probable, que intenten darles “gato por liebre”.

Imaginemos que podemos establecer un índice para el grado de compromiso, algo equivalente a un precio, que señale cuanto esperamos recibir y cuanto esperamos dar a una eventual pareja.

En nuestro modelo, la función del cortejo sería precisamente comunicar al otro lado nuestros precios y con ello nuestras intenciones, aunque sobre éstas siempre quepa una duda: podríamos estar mostrándonos como “chicos serios” sólo para obtener más del otro lado en poco tiempo.

Don Juanes Chicos serios
Chicas 2.000 3.000
Chicos 1.000 2.500

Las columnas muestran el grado de implicación al que están dispuestos a llegar unos y otros. Así, un Don Juan estaría dispuesto a tener una relación (de cualquier tipo) recibiendo 1.000 y una chica como máximo se implicaría 2.000 con él. Un chico serio en cambio estaría dispuesto a tener una relación estable si recibe un mínimo de 2.500 mientras que las chicas estarían dispuestas a poner hasta 3.000 para entablar una relación con este tipo de chicos.

Por tanto si una chica recibe requiebros de un chico que le pide entre 1.000 y 2.500 puntos de nuestro índice de implicación emocional, dará por hecho que se trata de un Don Juan pues, con tan pocos requerimientos no puede ser de otra manera.

Sin embargo, por encima de 2.500 tenemos el verdadero problema: el chico en cuestión puede ser un verdadero “chico serio” o un Don Juan que esté tratando de engañarle…

Así que la chica, sabiendo que hay dos veces más Don Juanes que chicos serios, pondera lo que está dispuesta a implicarse en cada caso por la probabilidad de que sea una cosa y otra. De este modo, aplicando una simple fórmula matemática, obtenemos el siguiente valor para los Chicos:

1/3 (3.000) + 2/3 (2.000)= 2.333,333

En una palabra: si se encuentra con un Don Juan disfrazado, este estaría encantado, se saca un extra y una auténtica fan… pero si se trataba de verdad de un “chico serio” a nuestra buena amiga le da miedo y hace una oferta por debajo de lo que el “chico serio” de entrada entiende por atractivo (2.500).

En términos económicos, podríamos decir además que no existe demanda a precios superiores a 2.000 ya que por un lado, ninguna chica está dispuesta a dar más de 2.333,333 y por otro por debajo de 2.500 la única oferta realmente existente es de Don Juanes, que con 2.000 ya se dan por satisfechos.

Resumiendo: los “chicos serios” están fuera del mercado, cuando encuentran una chica interesada de entrada en algo más, aunque declare (y sinceramente) que estaría dispuesta a implicarse hasta 3.000, a la hora de la verdad, se asusta del patinazo que puede suponer que nuestro héroe incomprendido sea al final un timo y ella sólo ofrece 2.333,333 algo de entrada no muy ilusionante para él.

Los Don Juanes por tanto ocupan todo el mercado obteniendo a veces incluso más de lo que esperaban…

Al final, y según esta teoría, “todos los hombres son iguales” simplemente porque el riesgo producido por la asimetría de la información (los chicos saben realmente sus intenciones mientras las chicas no) expulsa a los “chicos serios” que sólo entrarían en el mercado rebajando sus expectativas y esperando ser valorados tras un periodo de “conocerse”…

¿Será por esto que los buenos chicos tienen menos éxito con las mujeres que los “Don Juanes”?

Bueno, a título personal, creo que esto es más bien aplicable a la pubertad porque, llegada una edad, ninguna mujer busca un Don Juan para compartir su vida porque saben que su relación será un sin vivir y por ello, tarde o temprano, siempre buscará un Chico bueno si lo que realmente desea es una relación estable.

¡Feliz y caluroso primer domingo de Junio, con días cada vez más largos!

Verónica

Autor: David Ugarte (Madrid, 1970) es economista y analista de redes sociales.

 Fue uno de los fundadores del grupo Ciberpunk español y ha trabajado como activista en favor de los Derechos Humanos (Kosovo, 1998). Tras una etapa como consultor y profesor de Economía de las Organizaciones en la Universidad Carlos III de Madrid, fue fundador de la Sociedad de las Indias Electrónicas  (www.lasindias.com) donde es analista jefe.

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Ley de Pareto en la búsqueda de pareja

Principio de Pareto para buscar  pareja

 

 

 

 

 

Seguro que todos conocéis el Principio o La ley de Pareto, también conocido con la Regla 80/20, pero lo que seguramente ignoréis es que esta Ley fue inicialmente formulada por Joseph M. Juran (1904-2008) y no por Pareto cuando, en 1941, Juran amplió la aplicación del llamado Principio de Pareto a cuestiones de calidad (por ejemplo, el 80% de un problema es producido por el 20% de las causas).

Sin embargo, lleva el nombre del economista italiano, Vilfredo Pareto (1848-1923), cuando éste descubrió que población italiana se dividía entre «pocos de mucho» y «muchos de poco».

En concreto, Pareto estudió la propiedad de la tierra en Italia y lo que descubrió fue que el 20% de los propietarios poseían el 80% de las tierras, mientras que el restante 20% de los terrenos pertenecía al 80% de la población restante estableciéndose así dos grupos de proporciones:

–  Grupo minoritario formado por un 20% de población quien ostentaba el 80% de algo y;

–  Grupo mayoritario formado por un 80% de esa misma población, que ostentaba solo el 20% de ese mismo algo.

Aunque estas cifras son arbitrarias ya que en algunas ocasiones puede que no sea un 20% o un 80% exacto sino que podría ser 23% y 79% y que, de facto, no sumen 100%, lo importante es saber que su aplicación reside en la descripción de un fenómeno y, cómo basándonos en esta Ley puede funcionar.

Es por ello que esta Ley ha sido aplicada en otros muchos ámbitos, sobretodo en economía y empresa, pero en los últimos años también se ha aplicado a temas más personales como, por ejemplo, alegando que 80% de tu éxito depende del 20% de tu esfuerzo; o que el 20% de los ejercicios que realices le significarán un 80% de beneficios para tu cuerpo; o que el 20% de las personas que conoces te proporcionan el 80% de satisfacción (amistad, amor, cariño, etc.).

Así pues me he aventurado a aplicarlo a la búsqueda de pareja pues, a través de los años como Matchmaker he observado con intereses que sólo el 20% de las entrevistas realizadas a los/las potenciales Candidatos/as pasan el proceso de Selección de nuestro exclusivo Recuriment Matchmaking Method®, y que ese mismo 20% reporta el 80% de éxito en las citas con nuestros Clientes.

Optimo de Pareto para Alcanda Matchmaking Blog

 

 

 

 

 

Pero según el principio de Eficiencia de Pareto, también conocido como Óptimo de Pareto, que dice que dada una asignación inicial de bienes entre un conjunto de individuos, un cambio hacia una nueva asignación que al menos mejora la situación de un individuo sin hacer que empeore la situación de los demás se denomina mejora de Pareto. Es decir, que si en lugar del 20% de los entrevistados, se entrevistasen a más personas lo cual elevaría el número de Candidatos/as que pasarían ese filtro, al final, ese número representaría igualmente el 20% del total de los entrevistados.

Utilizando el análisis de las curvas de indiferencia, Pareto buscó determinar científicamente dónde se encontraba el mayor bienestar alcanzable de una sociedad y la solución que encontró, aunque a priori pueda parecer simple, aplicada a la práctica resulta de una enorme dificultad pues él alegaba que la máxima prosperidad común se obtiene cuando ninguna persona puede aumentar su bienestar en un intercambio sin perjudicar a otra. Pero esto, aplicado de nuevo a la pre-selección de Candidatos/as para poder ser presentados a nuestros Clientes, resulta imposible porque la mejora de un individuo significaría el descarte de otro a la hora de ser presentado/a. Por lo tanto, que exista una posibilidad de intercambio en que dos personas ganen para demostrar que ese no es el punto de máxima utilidad que se podría alcanzar, es del todo imposible en nuestro caso.

¡Feliz día de San Isidro!

V.

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La nueva masa sentimental

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“EN EL MUNDO VIRTUAL, EL “ORDEN AMOROSO” SE DEFINE POR LA OFERTA MULTIPLICADA A LA CARTA: VALE TODO MENOS EL RIESGO.”

Leía hace poco una entrevista en la que Álvaro Delgado-Gal comenta cierta idea expuesta en su libro Buscando el cero; a saber: que eso que conocemos como amor romántico, en el que la persona no actúa guiada por la razón, fue durante mucho tiempo una suerte de privilegio social. También en los sentimientos se actúa muchas veces siguiendo las normas de la elección racional, esas que permiten paliar la escasez de recursos y garantizar la subsistencia propia o de las crías. Desde este punto de vista, el amor, en su acepción romántica, sería una especie de enfermedad o un lujo.

Me llamó la atención esta manera ultrarrealista de abordar una irrefutable evidencia histórica: que en Occidente, al menos, el asunto del amor fue durante mucho tiempo cosa de clases bien situadas, cortesanos, estratos privilegiados o cercanos al privilegio. “Una de las consecuencias de la democracia y la extensión del bienestar”, recuerda Delgado-Gal, “que de facto crecen en paralelo, es el hecho de que mucha gente pueda plantearse oportunidades que habrían sido inimaginables para una o dos generaciones anteriores”. Me preguntaba yo qué había pasado últimamente con esa igualdad de oportunidades sentimentales en el mundo democratizado, y lamenté entonces que ese libro del filósofo, dedicado a la “revolución moderna en la literatura y el arte”, no extendiera su análisis a evidencias más recientes, posmodernas, si se quiere. Porque creo que las nuevas lógicas de nuestra era digital significan también el fin de cierta cultura amorosa.

Miremos alrededor. El primer resultado de la proliferación de los sitios de intercambio sentimental es, por supuesto, un incremento de la oferta. Si antes la gente decidía casarse luego de conciliar la pasión con la pereza —o con la duda: ¿encontraré a alguien que reúna mis requerimientos básicos?—, ahora el compromiso se piensa con más calma, sabiendo que siempre podrán encontrarse nuevas opciones en el casi inagotable semillero del mundo virtual.

“LA NUEVA “MASA SENTIMENTAL” HA HECHO DE LA SEDUCCIÓN UNA FORMA DE DESCONOCER . BAJO LA MÁSCARA DE “MÁS OPORTUNIDADES” LA EROTICA DIGITAL SORTEA CULAQUIER CONFESIÓN PASIONAL.”

Materia de reportajes de todo tipo —desde las llamadas revistas del corazón hasta el periodismo más sesudo—, este “nuevo orden amoroso” se define por la oferta multiplicada a la carta: vale todo menos el riesgo; aquel factor sorpresa que antes parecía inseparable de lo romántico se ha convertido en una mercancía devaluada. Se busca una armonía elemental, a-dramática, donde se intercambian estereotipos y el deseo se reconduce hacia una imagen prevista, lugar cercano o smooth connection: la moda TINDER, así bautizada por la aplicación que encarna ese modo de socialidad erótica, es un buen ejemplo de la “positividad” y el corto plazo que el filósofo Byung-Chul Han considera cualidades inherentes a lo digital. Este medio, al que define como “pobre en mirada”, nos aleja cada vez más del otro, mientras el touchscreen, esa obsesiva necesidad de palpar una pantalla, elimina aquella distancia que constituye al otro en su alteridad. “Se puede palpar la imagen”, dice Han, “tocarla directamente, porque ha perdido ya la mirada, la faz”.

Lejos de la minoría bohemia asociada al malditismo moderno, aquella “gente especial” que decidía cumplir con el “atrévete a ser quien eres”, la nueva “masa sentimental” ha hecho de la seducción una forma de desconocer —y desconocerse—. Una declaración de amor eterno es hoy, sin duda, mucho más transgresora que el sexo itinerante, plebeyo, democratizado. Bajo la máscara de “más oportunidades”, la nueva erótica digital sortea cualquier confesión pasional, cualquier cosa que implique una elección (necesariamente imperfecta e incompleta) por encima de la suma de relaciones virtuales, esa utopía de los amores posibles o perfección imaginaria vestida de oportunidad inagotable.

Según la teoría de la elección racional, en un mundo premoderno el amor no podía ser otra cosa que una enfermedad. Desde el príncipe Genji hasta las heroínas de Downton Abbey, la pasión es desgaste, dispendio, reto y riesgo. Los avatares de este fatum romántico están bien ilustrados en la más célebre de las novelas de amor moderno, Las tribulaciones del joven Werther, de Goethe. Enamorado sin remedio de Carlota, el protagonista no ve otra salida al triángulo asfixiante de su pasión que el suicidio, y su ejemplo se extenderá enseguida por toda la cultura europea.

Stendhal, Tolstói, Proust, Flaubert, Balzac, James… llevan a la novela el drama de la elección racional, la batalla entre el amor romántico, casi siempre frustrado, y los imperativos prácticos. Pero cualquiera que lea las nuevas sagas amorosas posmodernas, a Tao Lin, por ejemplo, o a Bret Easton Ellis, convendrá en que estamos ya muy lejos de aquel proceso imaginario que definía lo erótico: la tensión entre objetividad y deseo. Otras, más inmediatas y simplonas, son ya las lógicas de la passio, y me temo que una literatura sentimentalmente empobrecida y laxa es apenas otra víctima colateral de la era hipster.

Para un nuevo y democratizado @Werther, que se asomara hoy a la disyuntiva de su antepasado y enviara larguísimos e-mails a su mejor amigo contándole sus cuitas, el suicidio sería una opción a competir con Match, Ashley Madison, OKCupid o Luxy, el “Tinder sin gente pobre”. Y lo mismo sucede de la otra parte. Por otro lado, ¿a qué joven se le ocurriría suicidarse por amor sin anunciarlo antes en Facebook o en Instagram? En este mundo, como en tantas otras cosas de nuestra vida actual, impera el ruido. Todo deseo ha sido normalizado y repartido en compartimentos cada vez más accesibles, pero también más frívolos. La pornografía ha devenido el modelo de lo sexual. Todos quieren amar pero nadie quiere complicarse: las relaciones de los más jóvenes tienen la consistencia efímera del link; es menos relación. Tenemos cada vez más tiempo libre para amar, pero nos cuesta hacerlo en profundidad, sin las prótesis de redes sociales.

Hay un célebre poema de Catulo, el Carmen LI, en el que después de describir la pasión amorosa en los mismos términos de su famosa predecesora, Safo, el poeta hace un guiño irónico y se alecciona a sí mismo: “No te conviene, Catulo, este ocio, / con el ocio te exaltas y consumes, / el mismo ocio que arruinara a tantos / reyes y ciudades felices”. Los exégetas explican la contraposición latina entre otium (el tiempo estrictamente personal, dedicado a las emociones y al cuidado de sí) y negotium, los empeños civiles cotidianos, las cosas de la ciudad. De la misma manera que el negotium —o el determinismo económico de la elección racional— no debe regir el mundo del amor y los sentimientos, para Catulo el otium en estado puro favorece otro tipo de malestar, una tentación narcisista y autodestructiva irreconciliable con la felicidad.

Han pasado los siglos, por supuesto. Ni los poetas latinos ni los novelistas modernos habrían podido imaginar la más brutal de las perversiones sentimentales: qué pasa con el amor, y qué perdemos, cuando este se convierte en rehén digital del “negocio del ocio”.

¡Feliz domingo!

Autor: Ernesto Hernández Bustos, ensayista y Premio Casa América 2004. Artículo original Tribulaciones del joven @Werther

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Cómo elaborar un “Love Plan”

Foto con Teresa LOVE PLAN

 

 

 

 

En mi última conversación con Teresa Viejo (pinchar en la foto para ver video) hablamos de cómo elaborar un Love Plan para asegurar que una relación de pareja va bien y, si no, saber por qué y atajar el problema antes de que sea demasiado tarde.

A ella le hace gracia que en mi mente pueda existir tal cosa. ¿Cómo puedes comparar el Amor a los negocios? Me pregunta sorprendida pues, como romántica empedernida que ella es, le resulta del todo inverosímil. Pero yo le digo que no tiene nada que ver con ser o no romántica sino con poner un poquito de cabeza a las acciones, que no al corazón porque en éste nadie manda.

Para que resulte más sencillo entender lo que quiero decir con la pomposa frase LOVE PLAN dejadme que haga un símil con un tradicional Business Plan, algo a lo que cualquier empresa seria está obligada a hacer para asegurar la viabilidad del negocio.

Sí, toda empresa se funda con muchísima ilusión, entrega, esfuerzo y un poco (o mucho capital). Antes de comenzar, realizamos un Business Plan para definir qué queremos obtener de ella (OBJETIVOS) y cómo lo vamos a hacer (ACCIONES) en, al menos, los próximos 5 años. Al principio todos los empleados se dejan la piel para sacarla adelante. Saben que los primeros años de vida de la empresa serán fundamentales para saber si ésta se sostendrá en el tiempo. No en vano el 50% de las empresas fundadas en España cierran en el primer año y un 80-90% en el segundo. Así que nos arremangamos y echamos las horas que hagan falta. Digamos que el esfuerzo ha merecido la pena y ha dado sus frutos; estamos en el tercer año de vida de nuestra empresa y ésta sigue en pie y, además, parece que no va nada mal. Entonces ¿qué hacemos?, ¿nos acomodamos y dejamos que siga su curso sin tanto esfuerzo e ilusión? porque no olvidemos que mantener los niveles de entrega y esfuerzo del inicio resulta del todo imposible pues estos tienen un límite. No, lo que la empresa hace es asegurarse de que está cumpliendo con los Objetivos marcados en el Business Plan, y si hay desviaciones, analizaremos por qué no va cómo estaba previsto y pondremos remedio con un Plan de Acción para corregir las desviaciones.

Apliquémoslo ahora .a las relaciones de pareja.

Normalmente las parejas empiezan con una atracción física mutua. Esta atracción nos incita a buscar la cercanía con la otra persona, y nos hace desear conocerla más y nos esforzamos en ser la mejor versión de nosotros mismo con el objetivo de enamorarla. En esta etapa sentimos mariposas en el estómago; no podemos dejar de pensar en la otra persona, qué estará haciendo ahora, cuándo podré volver a verla para besarla, sentirla y amarla, etc. Ahora, las cualidades del otro nos parecen extraordinarias, e inevitablemente llegamos a idealizarlo, porque no estamos pensando con la razón sino desde las emociones (la razón, de momento, está nublada por los sentimientos). Vivimos una aventura amorosa fuera de lo común, haciéndonos creer que realmente amamos a esa persona y que sin su compañía no podemos vivir.

Pero el verdadero peligro de esta primera etapa es que llegamos a pensar que la relación siempre será así de fogosa. Hasta que irremediablemente la fase de enamoramiento pasa y ya no nos sentimos tan ilusionados y entregados como al principio. En definitiva, nos despertamos del sueño encantado.

Esto sería similar a lo que pasa al principio de una nueva empresa pero, al igual que hacemos con una empresa, para que la relación de pareja continúe hay que tomar medidas para garantizar que mientras exista Amor, la pareja puede funcionar y como no es tarea fácil, pues al pasar la fase de enamoramiento ya no todo es un sueño sino que tenemos que acostumbrarnos a la realidad de ambos miembros de la pareja, a sus defectos, miedos, manías e incluso problemas externos. Para poder sobrellevar todo aquello con lo que en un principio no habíamos contados, tenemos que ponerle cabeza (razón) a la relación y tratarla como si de una empresa se tratara.

Para ello realizaremos el LOVE PLAN con estas 4 Fases. Nota: Lo mejor es realizarlo conjuntamente durante la fase de enamoramiento que es la más creativa y en donde se puede llegar más fácilmente a un consenso:

1ª FASE: El Objetivo

Imagino que todos diríamos ser felices, tener una familia ideal, durar muchos años, etc. Pero aquí hay que ser mucho más concreto porque si no, nos resultaría muy difícil medir las posibles desviaciones y nos frustraríamos al ver que no sale como habíamos pensado. Es mejor marcarnos objetivos más pequeños y fáciles de medir, como por ejemplo:

– No irnos nunca a la cama enfadados.

– No dejar de expresar nuestros sentimientos, ya sean positivos o negativos. No olvidemos que la comunicación en la pareja es esencial y su falta constituye la mayoría de los divorcios.

– Salir de viaje romántico (solo la pareja) al menos una vez al año.

– No olvidar celebrar vuestro aniversario o cualquier otra fecha que sea importante para ambos.

2ª FASE: Acciones

Para conseguir los objetivos que nos hemos marcado, deberemos realizar una serie de acciones (Plan de Acción) para cada Objetivo y así asegurar que de que se cumplen.

Por ejemplo, si hemos decidido realizar un viaje romántico al menos una vez al año, habrá que planificar a dónde queremos ir (la lista de destinos a visitar no creo que sea un problema para nadie) pero sobre todo cuándo podemos hacerlo porque no es tan fácil ya que, probablemente, habrá que “colocar” a los niños, el perro o el gato; cuadrar agendas laborales; liberarse de compromisos, etc.

3ª FASE: Análisis de desviaciones y acciones correctoras

Casi nunca se consiguen el 100% de los Objetivos marcados en el Business Plan pero las desviación casi siempre tienen un motivo razonable. Lo único que tenemos que hacer es, primero, saber identificarlo y, segundo, ponerle remedio.

Siguiendo con el ejemplo anterior, si no hemos podido realizar el viaje porque un familiar a fallecido o está gravemente enfermo, lo único que tendremos que hacer es el esfuerzo por buscar otra fecha. Tal vez el viaje no pueda ser tan largo o exótico como habíamos planeado inicialmente pero no hay que olvidar que el hacer turismo es un objetivo secundario porque lo importante es que la pareja pase tiempo a solas juntos.

4ª FASE: Revisión

Aunque aparentemente nos haya ido bien (la pareja sigue junta), nunca viene mal pararse a pensar y analizar cómo ha ido nuestro ultimo año (no es conveniente dejarlo mucho más porque, si se encontraran desviaciones, a lo mejor es tarde para corregirlas). Nos tenemos que preguntar: qué cosas hemos hecho que nos han hecho felices; que no hemos hecho que nos ha hecho sentir mal; qué podríamos haber hecho mejor; cómo ha estado mi humor; ha cambiado en algo, me he hecho más gruñón/a, intolerante? Etc. etc. etc.

Esta última fase es realmente importante porque, en muchas ocasiones, las empresas continúan en pie pero no son rentables sino que sobreviven en números rojos o a través de prestamos que, tarde o temprano, tendrán que pagar con intereses, intereses que en muchos casos son imposibles afrontar resultando en quiebra. Al igual que pasa con las parejas, ¿cuántas realmente son felices juntos y cuántas hay que siguen por motivos que no tienen nada que ver con el Amor (pérdida de estatus social, los hijos, el nivel adquisitivo, la calidad de vida, el miedo a estar solo, a perder a los hijos, etc.)?

 

Mis queridos lectores, sé que Teresa, siempre desde el cariño, suele frivolizar con la forma que tengo de ver el Amor desde mi punto de vista empresarial, siendo éste más racional que meramente sentimental, pero no es del todo cierto. Yo me considero una de las personas más románicas que conozco pero también he tenido experiencias suficientes a lo largo de mi vida como para darme cuenta de que cuando a la relación de pareja sólo le ponemos corazón, ésta no suele funcionar. Por ello, intentando aprender de mis experiencias a lo largo de mi vida profesional, de la cual me siento francamente orgullosa, considero que si a nuestro corazón le ponemos un poquito de razón la felicidad en pareja a largo plazo será más plausible que una simple relación amorosa.

Espero de corazón que lo expuesto aquí os ayude o que, por lo menos, os haga pensar un poco en ello.

¡Feliz domingo!

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